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domingo, 13 de mayo de 2018


SOBRE ASTRONOMÍA EN PROCYON

Resulta fascinante comprobar cómo año tras año va creciendo la lista de exoplanetas que la comunidad astronómica ha ido detectando y catalogando en las estrellas más próximas y no tan próximas a nuestro Sol. En el momento que escribo esto, ya se han superado ampliamente los cuatro mil y la cosa va en aumento a medida que enviamos al espacio sondas y telescopios cada vez con mayor poder de resolución.
Empieza a resultar obvio que los sistemas planetarios como el nuestro no son ni una rareza ni un capricho del azar cósmico sino lo más común en el universo: la inmensa mayoría de las estrellas poseen un cortejo de planetas y planetoides que las acompaña. Lo cierto es que desde que se admitió como válida la hipótesis de la “nebulosa planetaria” como origen del Sol y del conjunto de sus planetas, debería haber sido evidente que otras muchas estrellas se formaron de la misma manera y que, por tanto, también deberían tener planetas orbitando a su alrededor.
De momento solo se están localizando planetas gaseosos de tamaño considerable (tipo Júpiter o Neptuno) o bien planetas rocosos, bastante más grandes que nuestro pequeño mundo (supertierras), pero cuya órbita esté situada de tal manera que nos permita su detección (desde nuestra perspectiva, el planeta ha de pasar por delante de su estrella, eclipsándola parcialmente, para que podamos descubrirlo). Supongo que en años venideros, cuando aumentemos la precisión de nuestros telescopios espaciales, la lista de exoplanetas crecerá como la espuma y podremos establecer un completo catálogo de los sistemas planetarios vecinos (si bien es cierto que nuestro propio Sistema Solar dista mucho de estar definitivamente descrito).
En la serie Procyon intento reflejar (echándole imaginación pero sin perder de vista los conocimientos científicos actuales para que resulte factible), cómo podrían ser los 12 sistemas planetarios más cercanos al nuestro o, mejor dicho, los más próximos al Sistema Solidarity (donde se encuentra la capital, Babilonia), que estaría situado en una posición más o menos central en la Federación, con el Sistema Solar en un extremo y el Sistema Liberty (donde se inicia la aventura de la serie), en el otro.
Suponiendo que la distancia media entre dos estrellas contiguas es de unos 4 años luz, la Federación bien podría abarcar 15 ó 20 años luz de un extremo a otro, lo que no está nada mal.
Los mapas de algunos de estos sistemas planetarios ya fueron publicados en los libros de la serie regular y otros los estáis viendo en este blog. En ellos intento reflejar una gran variedad de planetas, satélites y otros objetos estelares, naturales o de fabricación humana. Como ya expliqué en otro de estos artículos, asumo que en muchos de los planetas que orbitan a la distancia adecuada de su estrella para mantener el agua en estado líquido (la llamada “zona habitable” o, como jocosamente denominan los astrónomos “zona ricitos de oro” por aquello de que no está “ni muy fría ni muy caliente”), ha aparecido la vida. Bien es cierto que también podría desarrollarse vida en algunos satélites de los planetas gigantes gaseosos situados en zonas muy frías ya que las fuerzas de marea gravitatoria de éstos permiten la existencia de océanos líquidos bajo la superficie congelada de sus lunas (el caso de Europa en Júpiter, por ejemplo).
También he asumido que la tecnología del siglo XXV será capaz de construir enormes estaciones espaciales (aunque solo se utilicen como casinos itinerantes o platós de cine), alterar las órbitas de algunos asteroides para colocarlos donde convenga, llevar cometas de hielo a los planetas donde se les necesite, terraformar planetas muertos e instalar gigantescas “líneas de transporte” (la famosa “Snow White Express” del libro 2).
Por motivos de coherencia interna de la obra, solo nombraré aquellos astros que tengan que ver con la trama de la serie (aunque solo sea de forma tangencial, porque allí nació algún presidente de la Federación o algo así). No daré listas completas de todos los satélites, asteroides y cometas de cada sistema planetario porque no vendría al caso y haría más farragosa la lectura (que ya lo es bastante, caramba).
Una última consideración: Qué más querría yo que poder introducir en la serie ominosos agujeros negros, espectaculares púlsares binarios o centelleantes explosiones de supernovas que tanto juego han dado en la Ciencia-ficción de todos los tiempos... pero el hecho incontestable es que NO EXISTE NADA DE ESO EN LAS PROXIMIDADES DEL SISTEMA SOLAR, lo cual, bien pensado, es una suerte, ¿no?

R.MACHUCA-2018


sábado, 18 de febrero de 2017

SOBRE EL INCIERTO FUTURO EN PROCYON

Cuando en la página 99 del LIBRO 4 la ex-agente Cinco-patos pregunta al asesino Procyon “¿qué es una bifurcación?” éste le contesta que es algo que tiene que ver con la Mecánica Cuántica. Creo que el asunto precisa una somera explicación y ahí va.
Desde la más lejana antigüedad, el ser humano se ha interrogado sobre el misterioso mecanismo que hace moverse al Sol, la Luna, los planetas, y, por extensión, a todas las cosas materiales que ocupan la superficie terrestre. Cada pensador, a base de pensamiento bruto, daba con una explicación, a cada cual más pintoresca. La que más influencia tuvo a lo largo de la historia fue la que dio Aristóteles. Este sabio griego, como muchos otros antes que él, concebía un universo concéntrico y pequeñito (de bolsillo, por así decirlo), en el que lo sólido (elemento Tierra) ocupaba el lugar central, lo líquido se extendía a su alrededor (elemento Agua), lo gaseoso envolvía a todo lo anterior (elemento Aire) y, por último, el material de que están hechas las estrellas (elemento Fuego) rellenaba las capas más externas. (Él añadió de su cosecha un quinto elemento, el Éter, para explicar qué había más allá de esa caprichosa construcción, un lugar que, sin duda alguna, estaría reservado a los dioses). Como los antiguos griegos aborrecían la idea del espacio vacío, todo aquel conjunto permanecía bien apretado de modo que las cosas estuvieran en estrecho contacto unas con otras provocando que si algo se movía “empujase” a lo que tenía a su alrededor. El mecanismo pues que explicaba el movimiento según Aristóteles era evidente (o eso creía él): todas las cosas tenderían a juntarse con aquellas otras que comparten su misma naturaleza, por eso, las piedras caen hacia “el centro del universo” donde esta “lo sólido” y el humo tiende a elevarse hacia el cielo, donde esta “lo gaseoso”. Al hacerlo, “empujan” a lo que les rodea y hacen que todo permanezca en movimiento. ¿Se entiende?
Hoy en día, esa concepción del universo se nos antoja absurda y ridícula aunque hay que reconocer en ello un profundo esfuerzo intelectual para unas gentes que se limitaban a pasear por el campo mirando las nubes y que no realizaban una medición ni un puñetero experimento aunque los mataran. Pero el caso es que los que vinieron después tampoco hicieron demasiado: ¡aunque parezca mentira, esta idea del universo aguantó en pie hasta el Renacimiento y más allá!
Veamos. En los siglos XVI y XVII, sabios como Galileo, Kepler y, por supuesto, Isaac Newton estudiaron en profundidad el movimiento local y planetario y dedujeron leyes físicas, que apoyadas en fuertes fundamentos matemáticos, desterraron todas esas anticuadas ideas sobre los cuatro elementos y sus esferas de influencia. La idea del universo fue creciendo en tamaño y complejidad y el movimiento se hizo medible y sujeto a estrictas leyes que operaban en un lenguaje matemático que podíamos manejar (La teoría de la Gravitación Universal, of course). Pero, por desgracia, toda aquella revolución intelectual preservó una incómoda idea incrustada ahí desde el inicio: el Determinismo; el universo concebido como un gigantesco mecanismo de relojería donde causas y efectos se iban sucediendo sin fin y donde no cabían la aleatoriedad y, lo que es peor, el libre albedrío. Dadas unas condiciones iniciales sería posible decir con exactitud y sin sorpresas todo lo que sucedería a continuación. Ni qué decir tiene que los científicos de esa época reservaban el ámbito de actuación del libre albedrío al alma inmortal pero esa es una explicación más religiosa que científica y, por tanto, no sujeta a ningún tipo de experimentación.
Con la llegada del siglo XX, cuando parecía que ya todo estaba dicho en Física, dos nuevas teorías irrumpieron en el panorama de la ciencia como un elefante en una cacharrería. La primera, la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, constituía una potente generalización de la Teoría de la Gravitación Universal de Newton, con la genialidad de transformar el Tiempo, ese gran desconocido, en una dimensión más del universo en que habitamos. Produjo un cierto desasosiego entre la comunidad científica el hecho de que, entre sus implicaciones, predijera que diferentes espectadores pudieran percibir de formas distintas el mismo fenómeno físico. Era como si la realidad perdiera algún grado de coherencia. Pero aquello no pasaba de ser algo casi anecdótico en el momento en que se enunció (no tanto ahora, en la época de los satélites de comunicaciones y del GPS: el Tiempo pasa más despacio para ellos, allí arriba, y tienen que tenerlo en cuenta en sus mediciones). La Relatividad, en el fondo, respetaba el sacrosanto Determinismo.
La segunda gran teoría física del siglo XX fue la Mecánica Cuántica. Y en ella todo era distinto. El auge del estudio de las partículas subatómicas desveló un nuevo mundo que parecía ajeno a cualquier ley de la mecánica clásica... e incluso a las del mismísimo sentido común: Las partículas ya no podían ser concebidas como objetos materiales sino como meras ondas de probabilidad, algunos parámetros pueden ser imposibles de medir aunque afinemos infinitamente nuestro instrumental, lo que ocurra en la realidad puede depender de que haya alguien observando o no, y, lo más drástico y fundamental, algunos sucesos pueden no tener una causa definida sino ocurrir por puro azar.
Los popes científicos del mundo entero se opusieron con uñas y dientes a la nueva teoría (Einstein dijo aquello de que “Dios no juega a los dados”, ya sabéis). Pero cuantas más objeciones le pusieron, más pruebas a favor se encontraron: Es la teoría científica más probada de la historia. Y, en cuanto a lo que aquí no ocupa, es la primera en sortear la barrera del Determinismo: Hay sucesos que ocurren por mero azar, esto es, ocurren o no independientemente de que exista alguna causa que los provoque (La desintegración de algunas partículas subatómicas, por ejemplo. Se habla de “vida media” del neutrón o del muón porque es imposible saber cuándo puede ocurrir su desintegración. Ni idea, oiga). El mecanismo de relojería del universo tiene algunas fisuras y puede que no marque la hora exacta. Y, en cualquier caso, ¿cuál demonios es la hora exacta?
El hecho de que algunos sucesos puedan producirse aleatoriamente conduce a una curiosa consecuencia: Mientras que la Física Clásica describía la evolución hacia el futuro del universo como una amplia autopista sin desvíos ni cambios de sentido, la Mecánica Cuántica la presenta como un nudo de caminos lleno vías secundarias y ramificaciones que serán tan anchas o estrechas como alta o baja sea la probabilidad de que los sucesos que generan cada bifurcación ocurran o no. Como dice Procyon en el LIBRO 4, el futuro no está escrito sino que se va construyendo a medida que los sucesos y las decisiones van teniendo lugar. ¡Adiós al Determinismo!
Alguien podría objetar: “Hombre, azar y libre albedrío no son exactamente lo mismo”. Es cierto. Pero los estudios sobre neurociencia cada vez están dejando más claro que los procesos que ocurren dentro de nuestro cerebro están regidos por la Mecánica Cuántica; algo que se venía intuyendo y que deberá tenerse en cuenta en la creación de Inteligencia Artificial (Y que, como ya habréis supuesto, será materia de uno de estos artículos del blog cuando lleguemos a ese tema en la serie regular).
Una última curiosidad: En los años 50, el físico Hugh Everett (1930-1982) propuso la alocada teoría de que cuando la realidad llega a una bifurcación cuántica temporal y, por azar o por decisión consciente, se toma uno de los posibles caminos que aparecen, el otro, el camino que no se ha tomado, no se disuelve en la nada sino que coexiste con el nuestro creando un “universo paralelo” que no podemos percibir. Un ejemplo: Somos unos indecisos patológicos incapaces de elegir qué calcetines nos vamos a poner para salir a la calle. Decidimos pues lanzar una moneda: si sale cara nos pondremos los rojos y si sale cruz los azules. Lanzamos la moneda, sale cara, y unos minutos después estamos saliendo por la puerta con nuestros pies enfundados en los calcetines rojos... Pero también existe el mundo paralelo en el que salió cruz y marchamos con los calcetines azules... E incluso otro en el que decidimos no lanzar la moneda y llevamos puestas unas frescas chanclas... ¡Y otro en el que ni siquiera hemos salido a la calle! A esta construcción se la suele denominar de “Mundos Alternativos” y, como es fácil suponer, entra más en el campo de la metafísica o de la religión que en el de la ciencia dada la imposibilidad de refutar sus argumentos. Aun así, la cosa ha tenido un fructífero recorrido en la Ciencia-ficción desde que en los años 30 Jack Williamson escribiera un relato sobre el tema (de él se tomó la denominación de “puntos Jonbar” a lo que yo llamo “bifurcaciones”). En este tipo de relatos se explora qué hubiera ocurrido si un acontecimiento histórico de vital importancia hubiera ocurrido de forma diferente a como lo hizo: qué hubiera ocurrido si Alejandro Magno no hubiera muerto tan joven, si Roma hubiera perdido las Guerras Púnicas, si la Armada Invencible hubiera hecho honor a su nombre, si Napoleón hubiera ganado en Waterloo o Hitler la Segunda Guerra Mundial. (El subgénero llamado “Steampunk” también tiene que ver con esto, ¿no?). En cualquier caso, creo que el hecho de salir a la calle con los calcetines de un color u otro no supondría un grave cambio en la historia de la humanidad... ¡pero nunca se sabe!


R. MACHUCA-2017

viernes, 29 de julio de 2016

Sobre la vida en Procyon (Segunda Parte)

La semana pasada os comenté algunos de los problemas bioquímicos que encontramos al explicar el origen espontáneo de la vida en la Tierra, en particular, o en cualquier planeta, en general. Pero ahí no acaba todo... ¡hay más!
La vida tal y como la conocemos (¿cuántas veces tendremos que usar esta coletilla?) está basada en el ADN. El llamado .Ácido Desoxirribonucleico es, como sin duda ya sabréis, una larga cadena de bases nitrogenadas que sirven a los seres vivos como “plantilla” para la fabricación de proteínas (los antes mencionados aminoácidos). Cada organismo tiene su propio código genético y lo perpetúa al reproducirse. No en vano, se trata de una molécula (o cadena de ellas, según se mire) notoriamente estable que solo produce fallos en su replicación muy de tarde en tarde: las famosas mutaciones.
Pero presenta un problema. Y gordo. El ADN, para funcionar, precisa de la presencia de catalizadores (enzimas). Que en un mundo primitivo apareciera espontáneamente una macromolécula tan compleja como el ADN es milagroso; pero que además hubiera enzimas pululando por allí, inútiles hasta entonces... ¡es la repanocha!
Los científicos plantean como solución que quizá la vida primitiva no usó el ADN como primera opción y que hubo con anterioridad un “Mundo del ARN”. El Ácido Ribonucleico, que es casi tan complejo como el ADN pero mucho menos preciso y estable, tiene propiedades autocatalizadoras y puede actuar sin la presencia de enzimas. Y antes que el “Mundo del ARN” pudo existir un “Mundo de Algo-Más-Simple”, una molécula de más fácil aparición que también tuviera capacidad de autorreplicarse... ¿quién sabe?
Ante la dificultad de la ciencia actual para explicar el origen de la vida en la Tierra (enigma que todas las religiones de ayer y hoy han resuelto de un plumazo... o de un soplo, debería decir) últimamente se han alzado voces defendiendo la teoría de la Panspermia: la vida no es originaria de la Tierra sino que llegó a ella a lomos de meteoritos o cometas. En principio, nada que objetar, pero me parece que a la larga es resolver la cuestión trasladando el problema a otro lado: ¿de dónde vino la vida? Y lo que es más grave, ¿cómo apareció allí? ¿Acaso llegó a su vez de otra parte?
Estaba dándole vueltas a todo esto cuando descubrí no sé dónde un nuevo enfoque del tema que venía de un campo insospechado: la Termodinámica (¡Sorpresa!)
Supongo que todos habréis oído hablar de la Entropía. En la escuela enseñan que es un indicador del “grado de desorden” de un sistema. No me gusta esa definición. Me parece más ajustado decir que es la medida de la incapacidad para producir trabajo o evolucionar: poca entropía significa mucha capacidad transformadora; mucha entropía, poca capacidad.
En una pila eléctrica nueva, por ejemplo, existe una amplia diferencia de potencial entre sus dos polos y tiene, por tanto, baja entropía. Si cerramos el circuito con una bombilla, la corriente irá de un polo al otro, encendiendo la luz en su camino, hasta que la pila se gasta y la bombilla se apaga. Ya no hay diferencia de potencial entre los polos de la pila: la entropía ha alcanzado un máximo. Una barra de hierro con un extremo frío y otro al rojo vivo tiene poca entropía. Cuando ha alcanzado el equilibrio térmico su entropía ha crecido. ¿Se entiende?
Todos los sistemas aislados (incluido el universo en su conjunto) tienden a aumentar su entropía de manera natural. La entropía siempre crece. Es un proceso irreversible. Eso es lo que define la llamada “flecha del tiempo”: el tiempo avanza siempre en el sentido del aumento de la entropía; no al revés.
Momentos después del Big Bang, la entropía del universo era muy baja: podía ocurrir casi cualquier cosa. En los miles de millones de años transcurridos desde entonces, el sistema ha ido evolucionando: el hidrógeno primitivo se organizó en estrellas donde se transmutó en otros elementos menos combustibles, las galaxias se están alejando unas de otras sin remedio, las diversas formas de energía del sistema se han ido transformando en energía térmica (calor), una forma “degradada” de energía con menos capacidad de generar trabajo... En resumen, la entropía del universo ha crecido una barbaridad. ¿Cómo acabará todo esto? El final se conoce como “Muerte térmica del universo” y ocurrirá dentro de muchísimos millones de años (¡no hay que alarmarse!). La entropía habrá alcanzado un máximo y el universo quedará muerto, oscuro y frío, incapaz de producir nada.
¿Qué tiene esto que ver con la vida? Todo. Cuando algo está “vivo” lo que hace es rebajar su entropía a costa de la del entorno. La vida significa entropía baja, desequilibrio, muchísima capacidad de evolución. La vida es la respuesta de la materia al aumento inexorable de la entropía del universo. Evidentemente esto no explica cómo apareció la vida pero quizá nos apunta una respuesta al por qué.
Se me ocurre que al igual que todos los sistemas tienden espontáneamente a alcanzar su mínimo contenido energético (por eso las órbitas de los electrones en el átomo son estables y los objetos caen en los campos gravitatorios), la materia del universo tiende a organizarse de manera natural creando vida cuando se dan las condiciones químicas y medioambientales adecuadas. ¿Por qué no?
Supongo que en multitud de esos planetas en formación a los que antes aludía debieron darse esas condiciones y que la vida pudo aparecer en muchos de ellos. Creo en un universo lleno de vida, ¿qué le voy a hacer? Por eso en la serie “Procyon” hay tantos planetas que albergan formas de vida autóctonas. Y no solo microorganismos (poco vistosos para una historieta) también plantas y animales altamente evolucionados. Porque imagino que partiendo de códigos genéticos similares, aunque quizá no idénticos a los terrestres, y un medio ambiente parecido (agua líquida en forma de ríos, lagos y océanos, temperaturas moderadas, radiación solar equivalente, etc.) es muy probable que se diera el fenómeno conocido como “convergencia evolutiva”, esto es, organismos que en principio no tienen nada que ver, evolucionan de manera similar para adaptarse a un determinado medio ambiente y acaban pareciéndose.
Una última consideración: supongo que habéis oído hablar de la ecuación de Drake. Es un cálculo muy imaginativo de la probabilidad de que existan civilizaciones alienígenas en nuestra galaxia. Digo “muy imaginativo” porque a muchas de las variables que en ella intervienen se les adjudicaron valores “a bulto” según el pensamiento de las personas y la época en que se formuló... ¡una época en la que ni siquiera se habían descubierto planetas extrasolares! Siempre he tenido la sensación de que, aunque el resultado de la ecuación sea la mar de alentador y resulte más que probable que compartamos la galaxia con un buen puñado de especies inteligentes, los valores elegidos son muy poco optimistas.
Estoy convencido de que la vida bulle por doquier en el universo y que empecemos a encontrarla es solo cuestión de tiempo. Ahí fuera debe haber de todo, amigos.

R. MACHUCA-16


FE DE ERRATAS: Al pasar al ordenador el artículo de la pasada semana debí comerme alguna palabra y el resultado final sonaba raro. Encelado es un satélite de Saturno, no de Júpiter, como todo el mundo sabe (...o debería saber). Mil perdones.

viernes, 22 de julio de 2016

SOBRE LA VIDA EN “PROCYON” (PRIMERA PARTE)

Los lectores habituales de la serie habrán descubierto, quizá con un cierto estupor, que al menos dos o tres planetas de cada sistema planetario de la Federación albergan formas de vida autóctonas (vida no inteligente, que de eso va este cómic). Esto podría parecer normal si consideramos la obra como una mera fantasía de ciencia ficción a las que el cine y la literatura nos tienen tan acostumbrados, pero resulta del todo chocante si con lo que lo comparamos es con las noticias sobre exploración espacial que la NASA y otras agencias nos van ofreciendo. En el Sistema Solar hay muchas cosas maravillosas pero, excepto en La Tierra, por supuesto, la vida brilla por su ausencia... ¡al menos de momento!
¿Por qué he decidido que la vida sea algo omnipresente en “Procyon”? ¿Por qué, vayan donde vayan los personajes, descubren animales y plantas alienígenas? ¿Es una simple fantasía? ¿Es solo para dar ambiente a los libros? ¿Es para divertirme haciendo fichas para este blog? En este artículo intentaré dar respuesta a estas preguntas aunque para ello tenga que meterme en un auténtico berenjenal. Ya que me voy a tirar diez años componiendo esta obra (¡que ya van cuatro, caramba!) procuro reflejar en ella, aunque solo sea de pasada aquellos temas que desde crío pican mi insaciable curiosidad y, qué duda cabe, el de la vida misma es uno de ellos.
Este es un asunto peliagudo y complejo en el que chocan frontalmente las más diversas teorías biológicas, físicas, filosóficas y religiosas, dejando poco margen de maniobra a los que modestamente queremos aclarar conceptos.
¿Qué es la vida? Esta es la pregunta del millón. Todo el mundo cree saber lo que es la vida y cuando se plantea esta cuestión evocan en su memoria, con total automatismo, imágenes de flores, mariposas, pajaritos y bebés sonrosados, Nada más lejos de la realidad. En su inmensa mayoría, los seres que comparten ese atributo que llamamos “vida” son organismos unicelulares: bacterias, protozoos, algas cianofíceas, arqueas, virus y una multitud de microorganismos que aún no han sido catalogados o ni siquiera se han descubierto. Los seres pluricelulares (como nosotros) son una rareza. Que grupos más o menos numerosos de esos microorganismos se hayan asociado, especializándose por cuadrillas para realizar funciones específicas, es un avance evolutivo que muy pocos de esos seres han experimentado. ¡Y de alcanzar la inteligencia ni te cuento!
¿Qué es lo que define la vida? ¿En qué se diferencian esos organismos que llamamos “vivos” de otras estructuras químicas de las que decimos que “no están vivas”? En principio, dicen los que saben de esto, los “seres vivos” se distinguen por compartir tres características fundamentales: tienen capacidad de autorreplicación (que se reproducen, vaya), tienen un metabolismo (un intercambio físico-químico con el medio que les rodea) y una cubierta que les aísla de entorno. Así de simple... ¡y así de complejo! Porque para que se cree vida en algún lugar del universo las tres características tienen que darse a la vez. Se conocen moléculas y cristales complejos con capacidad de crear copias de sí mismas, estructuras químicas que interaccionan con el medio en que se encuentren, alterándolo sin remedio, y vesículas corpusculares de naturaleza lipídica que aparecen espontáneamente en los lugares más insospechados. De ninguna de estas cosas se puede decir que estén “vivas” porque carecen de alguna de las otras características antes comentadas.
La vida tal y como la conocemos está basada en la prodigiosa capacidad del Carbono para combinarse de infinidad de formas y maneras (algunas de ellas de reciente descubrimiento, como el grafeno, que ha dado lugar a un avance significativo de la nanotecnología). En otros lugares del universo puede haber aparecido vida basada en algún otro elemento de la tabla periódica, ¿quién sabe? (el silicio, por ejemplo; un primo hermano del Carbono) Pero ninguno de ellos muestra la increíble versatilidad del Carbono para producir moléculas complejas. Por eso a la química del Carbono la denominamos “Química Orgánica”.
Cabe decir, aunque solo sea a título de curiosidad, que en los primeros millones de años del universo no existía el Carbono. Después del Big Bang los únicos elementos que había eran Hidrógeno y Helio. Los elementos más pesados fueron creados en el corazón de la primera generación de estrellas. Cuando estas estrellas primigenias concluyeron su ciclo vital y estallaron, regalaron al universo los elementos fundamentales para que apareciera la vida en él: Oxígeno, Nitrógeno, Fósforo... y, por supuesto, Carbono. Así pues, como decía Carl Sagan, estamos hechos de “polvo de estrellas”.
Imaginad: Millones de años después del Big Bang, tenemos un sistema planetario en formación. En el centro de la nube de polvo en rotación que dejó la explosión de una supernova empieza a lucir una joven estrella, quizá de tercera o cuarta generación (como El Sol). En torno a ella se van agrupando los materiales de derribo formando montones que serán el germen de los futuros planetas. ¿En cuáles de ellos podría aparecer la vida? Los que sean capaces de poseer Agua Líquida, por supuesto. El agua es la clave de todo. Es el disolvente natural más extendido del universo y el medio neutro ideal para que floten esas moléculas que se organizarán para crear vida. ¿Y en qué planetas de ese sistema que estamos imaginando habrá agua líquida? Los que estén a la distancia adecuada de la estrella para tener una temperatura superficial entre 0 y 100 grados ¿es así? Sí y no. Recientes investigaciones han descubierto que en el interior de algunos satélites de planetas gigantes también puede haber agua en estado líquido por muy alejados de su estrella que estén (Encelado y Europa en Júpiter, por ejemplo). La fuerte gravedad de estos planetas calienta el núcleo de sus satélites y hace, por tanto, que el agua que puedan contener permanezca en estado líquido. Ahí también puede haber vida, ¿o no?
Recapitulemos. Tenemos un planeta rocoso en formación, con su vulcanismo desbocado, sus desaforadas tormentas, meteoritos y cometas que caen día sí-día no del cielo... y sus charcas de agua sucia (pero líquida) donde junto a litros de ácido sulfúrico, clorhídrico, y alguna que otra porquería más flotan indolentes esas moléculas de algún compuesto de Carbono que de forma milagrosa darán lugar a la vida. ¿Cómo? Pues ni puñetera idea. En el siglo pasado, dos osados científicos (Miller y Urey creo que se llamaban) realizaron un experimento notable: En un sofisticado crisol vertieron unas medidas de las sustancias que creían debían existir en esa Tierra primigenia, lo cerraron herméticamente y lo sometieron a fuertes sacudidas, descargas eléctricas e intensas radiaciones. Cuando consideraron oportuno lo abrieron y descubrieron, con alegría y decepción a partes iguales, que se habían creado aminoácidos (“los ladrillos de la vida”) pero nada que pudiera considerarse “vivo”. ¿Y qué esperaban? ¿Obtener en unos meses lo que a la Tierra le costó millones de años? ¡Lo sorprendente hubiera sido que al abrir el crisol hubiera salido un hámster!

La semana que viene os hablaré de ARN, ADN, entropía y sobre qué demonios tiene todo esto que ver con el cómic “Procyon”. ¡Hasta pronto!


R. MACHUCA-16

viernes, 22 de enero de 2016

SOBRE MITOLOGÍA TOLTECA EN PROCYON:

Intentaré dar unas breves explicaciones sobre este asunto procurando no desvelar las sorpresas que aparecen en el libro 3 de la serie a aquellos que aún no lo hayan leído.
Las únicas noticias que tenemos sobre el Imperio Tolteca nos han llegado a través de los escasos textos aztecas que respetaron los conquistadores españoles, compuestos muchos años después de su desaparición. En ellos se dibuja el pasado tolteca como una mítica Edad de Oro, algo que parece muy común en toda la historiografía antigua (“el pasado siempre fue mejor”) o si no, recuérdense el respeto reverencial con que se hablaba en la Grecia Clásica de los extintos reinos micénicos (“La Ilíada”, por ejemplo) o en la España medieval y en la romántica del siglo XIX del reino Visigodo (algo que nunca entenderé por mucho que me lo expliquen).
La capital del Imperio Tolteca estaba en Tollán, ciudad más o menos mítica que se ha identificado tradicionalmente con Tula (Estado de Hidalgo, México), unos restos arqueológicos interesantes donde los haya, aunque no resultaría descabellado relacionarla con la espléndida Teotihuacán, cuyas ruinas son mucho más impresionantes si cabe. Al fin y a al cabo “Teotihuacán” es vocablo azteca (“lugar donde descienden los dioses”) y desconocemos cómo se llamaba a sí mismo el pueblo que la construyó y habitó.
El periodo de máximo esplendor del Imperio Tolteca habría que situarlo entre los años 1000 al 1250 d. C. si damos por buena la identificación de Tula como su capital, pudiendo ser retrasado hasta los primeros siete u ocho siglos de nuestra era si aceptamos la hipótesis teotihuacana. Aunque su existencia fue simultánea a la de otras importantes culturas mexicanas (Totonacos, Huastecos, Zapotecas y, por supuesto, Mayas), lo cierto es que, ya sea por prestigio o por conquista, acabó influyendo en todas sus vecinas (incluso en una civilización tan particular como la Maya, dando lugar a ese curioso estilo híbrido llamado “maya-tolteca” cuyo ejemplo más conocido quizá sea la ciudad yucateca de Chichén-Itzá).
Como ya sabrá el lector que se haya tomado la molestia de buscarlo en la Wikipedia, los principales dioses del panteón tolteca eran Quetzalcóatl (“la serpiente emplumada”; “la gran serpiente celeste” en Procyon) y su oponente Tezcatlipoca (“el espejo humeante” o “resplandeciente”). El primero era el gran benefactor de la humanidad, aquel que nos entregó el cultivo del maíz, el calendario, y un buen puñado de cosas más. El segundo era una especie de dios de la guerra, la conquista y la destrucción cuyo culto exigía abundantes sacrificios humanos (algo no muy extraño en las religiones de la antigüedad). Ambos fueron adorados en diversas advocaciones según la función y patrocinio que se quisiera destacar en cada caso.
Los mitos toltecas también contaban que hubo un tiempo en que Quetzalcóatl encarnado (o un rey con su mismo nombre) gobernó directamente a su pueblo. Lo mismo contaron muchas otras civilizaciones del mundo antiguo: recuérdense, por ejemplo, que Manetón en su “Historia de Egipto” relataba cómo Helios (Ra) reinó en el país mucho antes de la crucial unificación y que también hubo un rey mítico llamado “Odín” entre las tribus del norte europeo. Ni qué decir tiene que esto ha sido el principal caldo de cultivo de la “Hipótesis de los Alienígenas Ancestrales”: extraterrestres altamente evolucionados nos visitaron en el remoto pasado, unos dicen que para enseñarnos a dominar la naturaleza y otros, los más agoreros, que para esclavizarnos y servir a sus oscuros propósitos, ¿quién sabe?
En el caso que nos ocupa, ese mítico gobernante fue Ce Acatl Topitzín Quetzalcóatl, rey de Tollán. Sobre él, se ha conservado un muy curioso ciclo narrativo del que he sacado algunas ideas que se reflejan en el libro tercero de la serie.
En un primer poema épico, Quetzalcóatl, tentado por unos magos y por el propio Tezcatlipoca, comete una serie de faltas y cae en desgracia. En la narración, como no podía ser menos, es el propio gobernante, cargado de nobleza, quien asume sus errores y elije el castigo que merece para purgar sus pecados.
“Tengo cuerpo hecho de tierra,
solo congoja y afán de esclavo:
¡Nunca más habré de recobrar la vida!”
Y aún otra palabra cantó de su cantor:
“¡Ay, me sustenta mi Madre,
la diosa que tiene serpientes en la falda,
era su hijo yo; pero ahora
no hago más que llorar!”
Y cuando hubo cantado Quetzalcóatl,
todos, también sus vasallos y servidores,
se llenaron de tristeza y lloraron,
y entonces, juntos todos, entonaron este canto:
“¡Ah, nos había mantenido en prosperidad,
ellos eran nuestros gobernantes,
el Quetzalcóatl!”
¡Vuestras esmeraldas brillan,
el madero ensangrentado se ha roto:
helo aquí; lloremos!”
Cuando acabaron el canto sus vasallos,
luego les dijo Quetzalcóatl:
“¡Basta, abuelo, siervo mío:
voy a dejar la ciudad, voy a emprender mi camino!
Dad vuestro mandato, que fabriquen un cofre de piedra.”
Con toda premura hicieron ellos un cofre de piedra
y, cuando lo hubieron hecho, allí a Quetzalcóatl tendieron.

En el poema que sirve como continuación, Quetzalcóatl es llevado hasta la orilla del mar (el océano Atlántico, se supone) y una vez allí, será incinerado (¿teleportado?) o, mejor dicho, es él mismo, con inusitada gallardía, quien se prende fuego.
Y es fama que cuando ardió, y se alzaron ya sus cenizas,
también se dejaron ver y vinieron a contemplarlo
todas la aves de bello plumaje que se elevan y ven el cielo:
la guacamaya de rojas plumas, el azulejo, el tordo fino,
el luciente pájaro blanco, los loros y papagayos
de amarillo plumaje y, en suma, toda ave de rica pluma.
Cuando cesaron de arder sus cenizas,
ya a la altura sube el corazón de Quetzalcóatl.
Lo miran y, según se dice, fue a ser llevado al cielo,
y en él entró. Los viejos dicen que se mudó en lucero del alba,
el que aparece cuando la aurora. Vino entonces,
apareció entonces, cuando la muerte de Quetzalcóatl.

Da que pensar eso de que “arder y subir al cielo” sea el epitafio más común entre los personajes mitológicos (Hércules, sin ir más lejos) y algunos perfectamente históricos (¡se contaba lo mismo del gran Julio César!). ¿Casualidad?
¡Ah! Para acabar, solo me queda decir que “Mictlantecuhtli” (página 92, viñeta 4) significa en náhuatl “Señor de los muertos”. De nada.

R. MACHUCA, Enero de 2016.

Textos: “Historia de la Literatura Náhuatl”, Ángel María Garibay. 1953.

viernes, 7 de agosto de 2015

Sobre Propulsión Estelar en "PROCYON"-

Cuando uno se plantea poner en pie una serie de ciencia ficción, lo primero que debe definir son los límites del entorno en el que se va a mover.
El primer punto que tenía claro cuando comencé a bosquejar cómo sería “Procyon” era que no quería que NADA viajara a mayor velocidad que la de luz: no existiría la propulsión hiperespacial (caprichoso que es uno). Deseaba que la velocidad de desplazamiento de los personajes de un lugar a otro (ya fueran Planetas o Sistemas estelares) condicionara de forma dramática sus vidas, recreando, en la manera de lo posible, la tortuosa movilidad de las personas de los siglos XVII, XVIII y XIX. Imaginad: el tío Anastasio, prestigioso comerciante europeo del siglo XVIII, siente la imperiosa necesidad de viajar hasta Australia para ampliar su oferta comercial (importar leche de canguro, es un suponer). Invertirá muchos años en ir hasta allí en un lento barco de vela, contactar con los habitantes del lugar, hacer un estudio de mercado, darse cuenta de que la cosa es inviable dado el raudo deterioro de la mercancía y la lentitud e inadecuación de los medios de transporte y, finalmente, regresar a su patria en otro lento velero (si es que al final se decide a hacerlo)... ¡y encontrarlo todo sorprendentemente cambiado! El buen gobierno que dejó es ahora una terrible dictadura, los aliados de antaño son los enemigos acérrimos de hoy, su amada esposa si es que no ha muerto se habrá buscado un “pudiente protector” para capear los vaivenes económicos que ha sufrido el negocio durante la prolongada ausencia de su marido, y su queridísimo hijo, que dejó en la escuela primaria, se habrá convertido en un zángano universitario que no hace más que meterse en jaleos. ¿Se entiende el cuadro?
Por ese motivo y no otro eliminé de la serie los “hiperespacios”, “agujeros de gusano” “plegamientos espacio-temporales” y otros magníficos atajos que simplifican notablemente la narrativa aunque su viabilidad física esté aún por demostrar.
La separación media entre las estrellas en nuestra Vía Láctea es de unos 4 años luz, aunque se hayan encontrado algunas más próximas (la más cercana a nuestro Sol es Alfa del Centauro que se encuentra a 4,5 años luz).
Pueden llevarnos a engaño unos números tan pequeños pero lo cierto es que se trata de una monstruosa distancia para ser recorrida en un tiempo discreto (el de la vida humana) a la máxima velocidad lograda por nuestros cohetes químicos actuales.
La idea fundamental es que las naves de la serie deberían desplazarse con la velocidad suficiente como para cubrir la distancia entre dos estrellas de la Federación en un tiempo razonable (2 años luz en 3 años de viaje, por ejemplo) y no tan rápido como para hacer sentir a sus ocupantes los efectos de la relatividad (que el tiempo pase para ellos muchísimo más despacio y no envejezcan), pues para ese fin ya había pensado en la hibernación de los tripulantes.
Así pues, ¿qué tipo de motores deberían emplear?
En algunos ensayos sobre el tema que he leído se exponen diversos tipos de motores interestelares que podrían existir en un futuro más o menos próximo, aunque ya se sabe que, normalmente, lo que nos deparará el porvenir no suele parecerse en absoluto a lo que habíamos previsto.
Las más pintoresca son, sin duda, las velas solares: las naves espaciales son propulsadas por gigantescas velas de varios kilómetros cuadrados de superficie que recogerían el impulso del llamado “viento solar” como lo hacían los veleros de antaño. No sé si el invento sería viable en los espacios interestelares pero la estética del conjunto chocaba frontalmente con la que quería dar a la serie.
Después nos encontramos con las evoluciones lógicas de los motores a reacción. Una vez desechados los combustibles químicos por poco eficientes para conseguir la velocidad adecuada se proponen motores nucleares o de antimateria: las explosiones controladas de estas sustancias dirigidas hacia atrás, impulsarán a todo trapo las naves hacia adelante (ya sabéis, la famosa tercera ley de Newton).
Luego están los motores iónicos y de fotones. La idea es la misma pero lo que se proyecta hacia atrás son haces de partículas ionizadas y rayos de luz respectivamente (no acabo de entender cómo puede proporcionar empuje la emisión de un chorro de partículas sin masa, pero eso es otra historia).
También he leído algo sobre motores gravitatorios: la nave proyecta delante de sus narices un agujero negro móvil que la hace avanzar por la atracción de su enorme gravedad (un poco como el burro y la zanahoria). La cosa suena un pelín fantástica, ¿no?
Por último reseñar unos artículos donde se hablaba de un misterioso motor electromagnético cuyo inventor afirma que solo funcionará si se prueba en el espacio exterior. Pues que lo haga, caramba, ¿a qué espera?
Llegados a este punto, solo me cabe decir que me encantan esas astronaves que se pasean por las buenas películas de ciencia ficción, con sus toberas encendidas al rojo vivo, cruzando los espacios siderales con un ruido sordo, físicamente imposible pero encantador... y así serán las naves que aparezcan en la serie “Procyon” (También me fascinan las locomotoras de vapor, ¿qué le vamos a hacer?).
¿Y cómo funcionan sus motores? ¡Qué más da! No es importante para el argumento así que no pienso decantarme por ninguna de las opciones antes descritas (Les he llamado “Hammerhead” porque suena bien no porque describan ningún mecanismo concreto).
Elegid vosotros mismos

RICARDO MACHUCA.

miércoles, 1 de abril de 2015

Sobre el humor (o la falta de él) en "Procyon"

En la pasada Expocómic de Madrid (diciembre de 2014), un perspicaz lector que se acercó hasta el stand de Dib-buks para que le hiciera un dibujillo, me comentó que le parecía sorprendente que este cómic, a pesar de sus momentos de humor y de la ligereza de su peripecia, tuviera un argumento tan dramático (“va en serio”, creo que fueron sus palabras). El comentario me pilló desprevenido y no supe qué contestar. Pero al rato me di cuenta de que tenía toda la razón: esto va a acabar pareciendo una tragedia griega... ¡y me niego a evitarlo!
Desde el principio quise que los protagonistas de esta historia no fueran las naves espaciales, las maravillas tecnológicas, la genética aplicada, los alienígenas o los “ciber-chismes” (inevitables moviéndome en los terrenos de la ciencia-ficción), sino los personajes y sus circunstancias.
Y pronto descubrí, en el proceso de edificación de este ambicioso proyecto, que podía disponer de personajes tan pintorescos o estrafalarios como la imaginación me lo permitiera, siempre y cuando las circunstancias en las que los situara fueran completamente “realistas” (al menos, todo lo “realista” que puede ser un universo fantástico, se entiende. Supongo que los personajes deben estar habituados a tratar con robots, naves espaciales, hologramas y ciberespacios varios, por ser estos comunes en su vida diaria). Si partía de una concepción surrealista, en la que puede pasar literalmente cualquier cosa (muy agradecida en cuentos, fábulas y relatos cortos), no lograría la deseada implicación emocional de los lectores. No se puede crear una situación de suspense si te importa un bledo lo que le ocurra al personaje. No hay manera de que te preocupes por la integridad física del protagonista si éste resulta ser invulnerable, como de plástico (Anacleto muere al final de cada historieta para reaparecer vivo en la siguiente, a Superman le tuvieron que inventar la kriptonita para darle vidilla y a James Bond no le pegan un balazo de gravedad ni queriendo). Además, es imposible que se entienda por qué cada personaje actúa como lo hace si no tiene tras él una historia coherente, un pasado que lo explique o, al menos, que lo justifique.
Y no solo eso. Decidí que mis personajes actuarían de la forma más “natural” posible en el brete en que les he metido y ante los terribles acontecimientos que les tengo reservados (es un aviso que os hago, como guionista de esta historia y como sádico vocacional... ¡que sin drama no hay sentimiento, caramba!). Quiero que mis criaturas rían, lloren, amen, duden, se enfaden y, sobre todo, que teman a la muerte. ¿Qué otra forma tengo de suscitar la empatía del lector? (Quizá estamos demasiado acostumbrados a esos personajes de novelas, películas y series de tv que no se sorprenden ante nada que les pueda acaecer, por rocambolesco que sea; o que se lían a tiros con sus propios familiares o amigos por un “quítame-allá-esas-pajas”; o que pierden a seres queridos en horribles catástrofes y lo olvidan a los cinco segundos...). En una palabra: quiero que mis personajes sean “humanos”. ¿Y qué hay más humano que el humor?
Supongo que en la “vida real”, si un tipo entra en un bar gritando que un vampiro anda suelto, el resto de los clientes no se van a poner al instante a fabricar estacas con las patas de las mesas; lo más probable será que le hagan chistes sobre su suegra o sobre el ministro de hacienda de turno. Si alguien vocifera en un centro comercial que Godzilla está pateando los coches en el parking, la gente no correrá despavorida a buscar refugio en el metro; lo normal será que le aconsejen cortésmente que deje de mezclar los medicamentos... hasta que el techo se desplome sobre sus cabezas. Si quedo con un colega para que me presente a una chica que quiere conocerme y el tío se presenta con Scarlett Johansson, lo lógico será que me vuelva loco buscando la cámara oculta. Y, lo que es más factible y no por ello menos triste, si un policía persigue, pistola en mano, a un ladrón por una calle abarrotada y grita “¡todos al suelo!”, como en las películas, lo más normal será que los transeúntes no hagan ni puñetero caso y, muy al contrario, se aúpen para ver mejor qué está pasando o para hacer unas fotos para su facebook con el consiguiente riesgo para su integridad física.
Así somos los seres humanos y así quiero que sean mis personajes. Y de ahí vendrán la mayoría de los motivos de humor de la serie: de la siempre sorprendente condición humana. Una fuente inagotable de bromas y chascarrillos, ¡qué le vamos a hacer!
No pretendo haber inventado nada nuevo. Cualquiera puede encontrar ejemplos de esto que digo en la Historia de la Literatura y la del Cine (desde Cervantes a Wodehouse y desde Hawks a Woody Allen. ¡Ilustres ejemplos, pardiez!). Solo me gustaría aportar mi granito de arena a esta larga tradición. Espero no defraudarla y tampoco a mis amables lectores. Gracias.

RICARDO MACHUCA

jueves, 8 de enero de 2015

Sobre el lenguaje en PROCYON


     Todas las lenguas que en el mundo han sido, presentes o pasadas, vivas o muertas, han devenido en una versión popular, incorrecta en su sintaxis, laxa en la semántica de sus vocablos y preñada de palabras malsonantes cuando no de extranjerismos de innecesaria importación. Supongo que eso ocurrió con el acadio, el arameo, el griego, el latín... En su momento fueron la lingua franca, el idioma común y comercial de los imperios que las difundieron, y sus versiones vulgares, universales por necesidad y locales por vocación, dieron lugar, tras la caída de tales imperios, a nuevas lenguas de muy diferente pelaje y condición.
      ¿Y cómo sería el idioma común de los habitantes de la Federación, en el siglo XXV? Ni puñetera idea. Cabe imaginar una mezcla degradada del inglés (lingua franca del comercio y la diplomacia actuales), con abundantes préstamos del español (palabras concretas y simplificación de la pronunciación y escritura), del chino, del ruso, del francés, del alemán (términos técnicos, sobre todo), del hindi... y Dios sabe qué más.
     Es de suponer que en cada planeta el lenguaje tendería a evolucionar independientemente, según la procedencia de sus colonos y del aislamiento obligado por las enormes distancias estelares, aunque la existencia de Supranet permitiría la comunicación “en tiempo real” entre todos los ciudadanos de la Federación y mantendría una cierta cohesión lingüística o, al menos, una mínima unidad idiomática. Aún así, seguro que habría versiones vulgares de esa lengua común. Los seres humanos siempre han tendido a personalizar (¿a “customizar”?) sus pertenencias más queridas. El idioma no iba a ser menos.
        Teniendo presente todo esto, me planteé cómo deberían hablar los personajes de “Procyon”.
Podría haber optado por inventarme un lenguaje futurista, como hizo Anthony Burguess en “La naranja mecánica”, incrustando en la conversación vocablos inventados, nacidos de la mera evolución de la sociedad o derivados del ruso (o de cualquier otra lengua) que reflejarían la mezcolanza idiomática del momento.
     También podría haber inventado un “castellano degradado”, al estilo de Russell Hoban en “Riddley Walker”, usando multitud de apócopes y abreviaturas, gran cantidad de palabras malsonantes, participios acabados en -ao...
     Finalmente decidí que lo que le pegaba a la serie era utilizar un lenguaje sencillo, salpicado de vocablos en desuso (“caramba”, “bellaco”, “cantamañanas”) pero fácilmente comprensibles, y de frases hechas decididamente trasnochadas (“¡Y un jamón con chorreras!”), con la intención de ejemplificar el estancamiento cultural en que se encuentra la humanidad en ese momento y provocar un deseable efecto cómico. Espero haberlo conseguido.
     En cuanto a la ausencia de tacos (algo sobre lo que me han preguntado), no he querido incluirlos en esta obra porque, aparte de no querer ofender a nadie y mucho menos a los posibles lectores menores de edad, me parece que una inmensa mayoría de estos “palabros” en castellano, por su origen medieval o renacentista, hacen referencia a una supuesta falta de honra u honor y a comportamientos sexuales “no normalizados” (por no hablar de los referidos a las mujeres, que siempre van por el mismo lado), y quiero creer que en la Federación del siglo XXV, a pesar de todos sus defectos, esas rancias ideas han quedado felizmente superadas.

     R. MACHUCA- 8 de enero de 2015 (¡Viva la libertad de expresión!)